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En primer lugar todo esto es posible gracias al formato digital. Digital es el idioma que “hablan” las computadoras. Es la única forma que conocen de comunicación. Consiste en impulsos electrónicos que pueden tener dos únicas opciones en un determinado tiempo: o manda corriente, o no la manda. O, como normalmente se representa para su entendimiento entre las personas, ceros y unos. Cero no hay corriente, uno hay corriente.
Al igual que un mensaje encriptado en el viejo código morse donde había o no había señal en determinados momentos, formando esa cadena de silencios y sonidos un mensaje de acuerdo a la forma en que se conjugaran. Pero si las computadoras sólo “hablan” en ceros y unos, ¿Cómo es que los humanos pueden comunicarse con ellas? Ceros y unos no es el idioma de las personas (menos mal!). Es aquí donde se presenta la estrella que traduce los mensajes entre humanos y computadoras: el conversor Análogo/Digital o A/D (que convierte el idioma de las personas en ceros y unos), y el conversor Digital/Análogo o D/A (que convierte el idioma de las computadoras nuevamente al idioma de las personas).
Un conversor A/D convierte, por ejemplo, sonidos en ceros y unos, o imágenes en ceros y unos. Un conversor D/A convierte ceros y unos en sonidos (a través de un bafle por ejemplo) o ceros y unos en imágenes (a través de un televisor o monitor), según corresponda.
Ahora… ¿Por qué habríamos de convertir “algo” que está en el entendimiento de las personas al idioma de las computadoras, para después nuevamente reconvertirlo al idioma humano?
Muy simple, porque las computadoras permiten una poderosísima edición de audio efectuando determinados cambios en esos ceros y unos que significan cambios en el idioma humano que luego traducirá, donde se puede desde simular ambientes hasta simular instrumentos, o simular cantantes, o mandar información a cualquier parte del mundo en apenas minutos sin perdida absoluta de calidad en el mensaje o, simplemente, mantener almacenado en el tiempo gran cantidad de grabaciones o información.
¿Un ejemplo? Imaginá que grabás en tu computadora una guitarra que tocás en tu habitación (con un micrófono y un conversor A/D para que traduzca las frecuencias sonoras en ceros y unos y así poder ser entendido por la computadora).
Una vez allí un mundo de posibilidades se abre: podés decirle a la computadora que coloque lo que acabás de grabar en medio de las montanas como si lo hubieras interpretado en el pico del Aconcahua, y la computadora calculará cómo hubiera sonado esa ejecución allí de acuerdo a la configuración acústica del lugar, y como resultado saldrás por los parlantes tocando una melodía en el Aconcahua.
Vos sabes que no escalaste 6500 metros para hacer esa grabación… pero si se la enviás por Internet a alguien que esta a 10.000 km. de distancia (nuevamente tan sólo ordenándole a tu computadora que envíe a través de un cable las largas cadenas de ceros y unos que grabaste y editaste recién a otra computadora que se encuentra en la otra punta del cable), esa otra persona que mediante su conversor D/A coloca tu grabación en su equipo de música para que suene por los parlantes… lo sabe? No, tan sólo te oirá a vos tocando tu guitarra en la sima del Aconcahua!
Y ahí es donde se produce la magia de las grabaciones. Vos no tocaste en el Aconcahua pero se produce la ilusión de que sí lo hiciste. Los músicos de la banda que imaginamos al principio no tocaron todos juntos ni al mismo tiempo, pero en la grabación el oyente siente la ilusión de que así fue.
Ahora si es todo tan simple y tan exacto donde cada sonido representa una cantidad exacta y determinada de ceros y unos, y esos ceros y unos representan luego un sonido exactamente definido, ¿Por qué es que hay equipos de valores tan distantes en precios cuando dicen brindar el mismo rendimiento? ¿Y por qué cuando un estudio hogareño cuesta apenas 2500 dólares, uno profesional puede costar millones para hacer, en principio, el mismo trabajo?
La respuesta es muy simple y para exponerla deberemos desmitificar una creencia popular: el idioma digital SI tiene errores, y NO es tan perfecto como se cree.
Hagamos un pequeño paréntesis para analizar cómo es que los ceros y unos terminan representando sonidos musicales. En primer lugar, esos ceros y unos se almacenan en las computadoras agrupándose en “archivos”. Es entonces que una grabación de un minuto de duración de, por ejemplo, un bajo eléctrico, se puede almacenar en un archivo. Esto no es más que decirle a la computadora que una larga cadenas de ceros y unos será agrupada como un paquete que se distinguirá de otros por tener determinado nombre. Por ejemplo: “línea de bajo de mi nueva canción”.
Aquí empieza la primer característica que definirá si ese archivo podrá ser entendido por otras computadoras: el formato que se ha establecido para el archivo de la grabación.
De la misma manera que para las personas existen distintos idiomas y una no entiende a la otra si no hablan el mismo idioma a pesar de ambas emitir y recepcionar sonidos, una computadora “no puede entender” lo que otra “le esta diciendo” si no “hablan” el mismo idioma (a pesar de ambas “decir” ceros y unos), o como se le llama en el mundo de las computadoras, no están en el mismo formato.
Es fácil distinguir en qué formato está grabado un archivo de audio al ver la extensión que tiene (las tres letras seguidas del punto luego de su nombre). Las extensiones más comunes son .wav y .aif (generalmente en computadoras PC la primera y en Macintosh la segunda). Existen muchas otras extensiones pero no es el objetivo del presente escrito el ahondar en ellas. Tan sólo por nombrar una más, el formato .mp3 es el mas difundido actualmente, pero no es de uso profesional ya que significa un gran deterioro del audio que se ha grabado. La ventaja es que ocupa mucho menos espacio en la computadora que los otros formatos mencionados anteriormente (un 90% menos en promedio).
Una vez que se ha establecido el formato que tendrá el archivo que se ha grabado, hay otras 2 importantes características que hacen a la codificación de ese archivo. Estas son la cantidad de bits de su definición, y la frecuencia de muestreo.
por Rafael Messulam
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