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Gira Americana 2008
Esta gira nace desde la informalidad de charlas con viejos amigos de diversas regiones que, recordando nostálgicamente la época de mis presentaciones en público, constantemente me invitaban a visitar sus tierras y con la excusa de alguna presentación.
Siendo que a fines del pasado año 2005 di por cumplida mi etapa como Directivo dentro de la Enseñanza Superior Oficial, es que durante el año 2006 pude reencontrarme con mi compañero de toda la vida, el piano, y, casi sin pensarlo, para fin de ese año ya estaba en condiciones de volver a mi vieja vida sobre las tablas y reencontrarme con mi público que tanto extrañaba. Es así que, con el apoyo de Celtrus Music Design Internacional, surge la Gira Americana 2008, planeando a fines del 2007 una premiere para mi ciudad en su semana (la semana del Rosario) y en el día de mi cumpleaños, 5 de octubre, ocasión la cual se grabará con público la función para la producción del CD y DVD de la Gira.
Entre los autores que seleccioné para esta vuelta al escenario elegí a Mozart porque, más allá de la magia indiscutible de su arte y su plena identificación con el piano, exige del intérprete un virtuosismo poco frecuente, ya que su sonoridad es atómica e individual, careciendo de grandes masas sonoras, y obligando al ejecutante a limitar en forma extrema el uso del pedal armónico, demandando, por todo ello y por mucho más, una ostentosa musicalidad interpretativa.
Para la ocasión la Sonata K310 me pareció la indicada, ya que es la obra que rompe con los esquemas tradicionales de Mozart hasta ese momento, y después de ese momento.
Beethoven siempre está en mi repertorio porque su riqueza es tan trascendental que no puedo darme el lujo de permitirme omitirlo, y es justamente en la Appassionata (Sonata Op. 57), y en su Novena Sinfonía “CORAL”, donde Beethoven rompe con todos los esquemas tradicionales en un desborde de creatividad, genialidad y ciencia, imponiendo su inmortalidad.
De la misma forma en que Mozart y Beethoven personificaron su época a través de lo formal el primero y de la descripción el segundo, Federico Chopin representa el sello universal del romanticismo y es por primera -y quizás- única vez, que un compositor representa sensiblemente su estado interior a través de su piano, de la misma forma que Rubén Darío lo hacía a través de su poesía. Ejemplo de ello son sus Nocturnos. Podría decirse que éstos son poesías recitadas por un instrumento musical. Los Valses, de cuya belleza indiscutible me refiero más adelante, son verdaderas danzas de agradable captación para el público en general. El Scherzo, como su nombre lo indica, no deja de ser un “jugueteando” en el teclado. Si bien el Op. 39 Nro. 3 tiene un color dramático debido su tonalidad “Do sostenido menor”, se refleja en él la madurez creativa del compositor, exigiendo un virtuosismo Superior para la interpretación que lleva al ejecutante al límite mismo de las exigencias humanas, desencadenando todo ello en una captación hipnótica para la audiencia.
Es mi deseo que el público disfrute plenamente la velada tanto como yo. Dado que mi interpretación es, generalmente, distinta a la que normalmente se acostumbra escuchar, hay quienes se puedan sentir sorprendidos -y hasta quizás desagradados- con ella, pero siempre estarán respetadas las indicaciones y exigencias volcadas por cada compositor en el papel hasta el más estricto detalle. Estos cambios responden a la naturaleza mismo del hombre en su continua evolución y, si bien la ejecución del piano en los años 40 o 50 pasan a la inmortalidad a través de las grabaciones, la sociedad toda evoluciones y cambia, y también la forma de templar un instrumento hace a la necesidad de un cambio, porque el sentir, el pensar y la forma de comprender de las nuevas generaciones también evolucionan, y la aceleración que existe hoy tanto en las comunicaciones como en la tecnología, crean la necesidad de la evolución en la interpretación de las obras universales, de acuerdo al momento; y así lo comprendió el mismo Beethoven cuando, poniendo indicaciones desconocidas en las partituras de sus composiciones, les respondía a aquéllos atónitos intérpretes: “…no se preocupen si no las entienden, estas indicaciones son para las generaciones futuras…”.
PROGRAMA
PRIMERA PARTE
- Wolfgang Amadeus Mozart, Sonata K310 en Mi menor. (Allegro maestoso; Andante cantabile con espressione; Presto)
En esta obra, el genio de Mozart se revela en una independencia absoluta de lenguaje. Es evidente que la música francesa que ha escuchado en París le resultó toda una experiencia, pero en esta sonata no es más que un estímulo, una sugerencia, esa ansia que la recorre por entero, esa riqueza de claroscuros y ese lenguaje pianísticamente rico y exuberante, nos hacen pensar en las Sonatas y en los Conciertos de Johann Schubert. Pero nada es más típicamente mozartiano que esta gran y fascinante obra maestra.
El discurso se inicia enseguida, con gran relieve: unos acordes repetidos por la mano izquierda son la célula rítmica que recorrerá todo el movimiento con incesante precipitarse de imágenes. La línea melódica, de desusada celeridad, impaciente, parece casi ansiosa por llegar a la conclusión. El tono sombrío, dramático, de todo el movimiento, está subrayado también por la doble intervención de la mano izquierda en el juego temático, poco después de la repetición del tema principal e inmediatamente después; es la intencionada búsqueda de una sonoridad más intensa, apasionada y vigorosa.
El ¨Andante cantabile con espressione¨ comienza con un tono más tranquilo, sereno, con un movimiento casi solemne, rico en ornamentaciones. Pero la atmósfera se ensombrece casi imperceptiblemente, y se inicia el admirable episodio en Do menor, agitado, tembloroso, confiado todavía en parte a la región grave del teclado. Luego se retorna al color inicial, con una ornamentación cada vez más abigarrada. Estamos en presencia, indiscutiblemente, de una de las obras más bellas de toda la literatura pianística.
El ¨Presto¨ final es una página extraordinaria: tiene el ansia patética, el color melancólico y agitado, románticamente soñador, de un Schubert. Emergente de una célula rítmica y melódica elemental, todo el fragmento se desarrolla con admirable unidad; unidad que no se quiebra ni siquiera en el sereno episodio central en La menor. La escritura pianística es de gran efecto, con riquísimo traslucir de armonías, con admirable juegos de colores timbritos, subrayados una vez más con las frecuentes reapariciones del tema con la mano izquierda. La búsqueda de los contrastes de color es también evidente en las últimas frases: el tema reaparece dos veces, pero transportado a la octava superior, y cada vez es interrumpido por la sombría e intensa sonoridad de acordes profundos. Una breve cadencia cierra la sonata con esplendente hálito casi orquestal.
"Construir pianísticamente con belleza y en su totalidad una sonata de Mozart es el resultado del virtuosismo más alto y menos frecuente. La ausencia de grandes masas sonoras, de acordes poderosos y masivos, de pasajes de deslumbrante malabarismo, de marcados e insistentes rasgos patéticos, en suma, la magnífica aireación y luminosidad sonora de sus partituras nos dan márgenes muy estrechos para la utilización de recursos interpretativos impresionantes. Ello sólo permite la única y total vigencia y regencia de la mayor sutileza y sutilidad. Por lo tanto sin ninguna exageración, podemos asegurar que Mozart es la verdadera prueba de fuego de todo intérprete. Arturo Rubinstein declaró en plena y brillante madurez de su arte que ya no tenía ni podía retornar a la ingenuidad y el frescor de Mozart. Pero no confundamos sencillez con simpleza. La absoluta tranquilidad y nitidez del sonido mozartiano no excluye ni la elegancia ni la espiritualidad, y menos aún la más exquisita musicalidad." Amadeo Mainero, 1928-1983.
- Ludwing Van Beethoven, Sonata Op. 57 en Fa menor ¨Appassionata¨. (Allegro Assai; Andante con moto; Allegro ma non troppo/Presto)
Dedicada a la Condesa Therese Von Brunsvick, esposa de uno de los tres amigos de toda la vida de Beethoven, es con la Appassionata que se abre la gran época creadora de Beethoven, cuando ya los grandes moldes tradicionales –no nos fijemos en pequeñas alteraciones anteriores- comienzan a resultarle insuficientes y coercitivos para su discurso musical. Y al quebrarlos, aparentemente, llega a la culminación de la forma sonata y agota sus posibilidades.
Los dos temas del primer movimiento (“Allegro Assai¨) sólo difieren en su carácter, pues el segundo es una mera derivación (en este caso una inversión) del primero. En el desarrollo de este primer movimiento se alternan los dos temas tratados en forma de variación libre, modulante. Este movimiento en el que campea una verdadera fuerza ciclópea, se abre y se cierra con el mismo motivo, dicho el pianissimo en las regiones más grave del piano.
El “Andante con moto” que le sigue es un tema muy mediativo, levemente alterado en su calma hacia el final de la segunda parte por un pequeño giro punzante, patético, que se desarrolla luego como tres variaciones, cada una de ellas más exacerbada por un verdadero furor poético. Después de un retorno al tema inicial en el que se acentúa el carácter de meditación, se pasa sin interrupción, mediante dos acordes arpegiados, el primero pianissimo y el segundo en un crispado fortíssimo, al tercer movimiento (“Allegro ma non troppo”). Aquí Beethoven en un acto que pareció brutal en su época, arrasa con todos los esquemas tradicionales y en lugar de un final en forma de danza brillante utiliza un trozo en forma de primer movimiento aún más trágico y patético que el primer movimiento, si cabe. Y vemos que realmente Beethoven tenía razón, pues aquí se llega a la culminación, al verdadero clímax de toda la sonata, que se cierra sobre un virtual desencadenamiento de todas las fuerzas de la naturaleza.
Ya la Sonata no volverá a ser lo que fuera hasta ese momento. Ni en Beethoven mismo ni en los demás. La “Appassionata” no es sólo importante por sí misma, y lo es, y mucho, sino que es uno de los hitos de la historia de la música.
SEGUNDA PARTE
Frederic Chopin:
- Nocturno Op. 9 Nro. 1 en Si bemol menor. (Larguetto)
- Nocturno Op. 9 Nro. 2 en Mi bemol Mayor. (Andante)
- Nocturno Op. 15 Nro. 1 en Fa mayor. (Andante cantabile)
- Nocturno Op. 55 Nro. 1 en Fa menor. (Andante)
- Vals Op. 34 Nro. 2 en La menor. (Lento)
- Vals Op. 64 Nro. 2 en Do sostenido menor. (Tempo Giusto)
- Scherzo Op. 39 Nro. 3 en Do sostenido menor. (Presto)
El nombre de Chopin quedo esculpido en la historia en un instante crucial en la vida de Polonia. A través de todo su territorio, a fines del siglo XVIII, resonó el grito de libertad. Tadeusz Kosciuszko, que había luchado heroicamente por la independencia en la revolución norteamericana, fue convocado desde Polonia para dirigir a sus compatriotas en su empresa emancipadora. Entre sus voluntarios había un francés, Nicolás Chopin. Estos planes liberadores se desplomaron tras desastrosa derrota, pero Nicolás sobrevivió y se unió a otros espíritus idealistas e indómitos que procuraban dotar al convulso y desalentado país de un medio diferente de vida: un futuro erigido sobre los principios y valores perdurables de la educación, la ciencia y las artes. Esa fue la atmósfera y el medio en el cual nació Federico Francois, hijo de Nicolás Chopin. Nada tiene, pues, de particular, que en tan pocos artistas como él haya ardido con tal intensidad la antorcha del patriotismo. Aún así, no es fácil decidir si fue Chopin –el más característico de los compositores polacos- quien creó la atmósfera musical de la nación, o si fue esta atmósfera lo que le impulsó a crear en la forma en que lo hizo.
Lo que sí sabemos de modo positivo y más allá de toda especulación conjetural, es que fue el más significativo poeta musical de la escuela romántica, que nadie lo alcanzó en la maestría del lenguaje pianístico, que su arte se cimentó en los maestros clásicos, y que creó numerosas obras maestras que han quedado como especimenes únicos por sus cualidades de belleza melódica, originalidad, sutileza rítmica y radiación armónica. Y sabemos también que ningún otro compositor que poseyera como él una tan vigorosa identidad nacional, creó jamás un arte de proyección tan universalista.
La música Chopiniana es un desafío al alma y al intelecto de un pianista. Una y otro son los más potentes atributos humanos que requiere un intérprete. Ningún ángulo de la música y pocos rincones de la vida y sus tesoros han quedados inexplorados por este individuo vital. Su fruición de vida palpita en cada nota que toca; pero es la música en sí lo que concita su más profundo amor y el objeto en el cual explaya lo más recóndito de su intensidad.
Los ideales de ejecución que esgrimía Chopin como enseñanzas incluían: un legato cantabile, variedad infinita de color, acentuación, “touche” y calidad de sonido; además, un empleo del pedal que brindará rico fondo armónico, y ornamentación expresiva que recamará con delicadeza pero sin obscurecer el cantabile.
Dijo Chopin: “Un artista jamás debería perder de vista la cosa como un todo. Aquel que se interesa demasiado en los detalles se encontrará con que la hebra conductora que une el todo se romperá, y en lugar de un collar quedarán en sus torpes manos perlas sueltas”. En el curso de la reflexión y el ejercicio cotidiano, debe de revelarse la mayor sagacidad para aprehender la esencia de una idea para “ir al grano”, a lo medular del asunto. Esta cualidad prevalece en la filosofía artística de Messulam.
La página más célebre, más interpretada y –deberíamos decir- más martirizada de Chopin, es el Nocturno en Mi bemol. Esta lánguida y sensual evocación de un paisaje lunar, delicadísima y casi impalpable, compuesta hacia 1830 junto con otros dos nocturnos del Opus 9, es decir al comienzo de su período parisiense, ha acompañado la entrada triunfal de Chopin en los más refinados salones de la estancia francesa, fundamentando su éxito indiscutiblemente. A estos nocturnos se le ha unido también, en seguida, el mito de ejecutante, es decir aquel modo especial de tocar “a lo Chopin” que –falseado por millares de mediocres imitadores- tanto daño le han hecho a la auténtica y virtual grandeza de la música del artista polaco.
Dijo Robert Schumann: “Imagínense un arpa eólica que poseyese toda la gama de sonidos, y que la mano de un artista derramase a granel estos sonidos en toda clase de fantásticos arabescos… Al terminar la pieza, parecía habérsele transfigurado como una imagen radiante contemplada en sueños, a la que, ya casi despiertos, querríamos poder retener aún… Así, pues, y sobre todo, la música de Chopin es una calidad de sonido, un color indefinible, un arabesco evanescente, sin ninguna afectación, y carente de morbosa languidez”. Este juicio de Schumann es la mejor guía para evaluar una vez más esta página sin que la celebridad destruya su indecible encanto.
Aunque con acentos aparentemente muy distintos, los Valses se relacionan con los nocturnos por ese especial tono de música de salón, dulce y acariciadora, apenas veteada de melancolía que, sin embargo, tiende de pronto hacia el arabesco colorista. Los Valses, escribe Vincenzo Terencio, “parecen nacer de un motivo mundano y un poco sensual, por obra de una atención coloreada por la maravilla del deseo”. Diría también Schumann “Una de sus obras más espontáneas y caracterizadas”. Un Chopin que afronta formas muchos más amplias, aunque siempre muy libres, y se consagra a fondo con una construcción fuerte y dramática. Reaparecen rasgos característicos que ya habíamos observado: ciertas atmósferas lánguidas del Nocturno, ciertos arrebatos rítmicos de las Mazurcas, el empeño constructivo de ciertas Polonesas y, en fin, el virtuosismo trascendental de los Estudios. Pero todo sólidamente concentrado en formas de audacísimo estilo, en una especie de escorzo vigorosamente modelado. He aquí completo el retrato del músico, que es –como se ve- mucho más rico de lo que ciertos asiduos adoradores de las nocturnas atmósferas lánguidas y lunares querrían hacernos creer. Un Chopín más próximo al virtual relato de Delacroix o al cósmico aliento de Leparodi que a a ciertas discutibles imágenes –morbosamente decadentes- que nos ha transmitido George Sans. Y toda esta madurez, magia, belleza y vigorosidad musical, quedan puesto de manifiesto en el Scherzo Op. 39 Nro. 3 en Do sostenido menor, cierre del concierto Gira Americana 2008.

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