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Interpretación
La esencia de su interpretación, especialmente en los clásicos como Mozart y Beethoven, se basa en la perfección e individualidad de cada sonido, formando un mundo sonoro filosófico que crea en su devenir frases, armonías y contrapuntos, dando vida a una gama infinita de brillos y coloridos sonoros que, enriquecidos con la madurez musical, refleja los sentimientos expresados por estos compositores perfectamente desarrollados y actualizados a la evolución del mundo en el tercer milenio.

“La base de mi ejecución, -nos dice Messulam-, consiste en la observancia meticulosa y escueta de la partitura a fin de dar cumplimiento a todas y cada una de las anotaciones del compositor, con una subordinación incondicional a la ley escrita y al estilo del autor, investigando las sonoridades individualmente, en arpegios y acordes, balanceando el peso del brazo en cada dedo e investigando las distintas velocidades de cada uno de ellos, descomponiendo los sonidos individualmente en busca de sonoridades orquestales y aplicando, para cada caso, el género de toque más adecuado con el fin de representar lo más fielmente posible los objetivos del autor y la creatividad individual.”
“Concluida la etapa sumarial, -continúa Messulam-, me enfoco en el estudio de la obra en forma ideal -fuera del instrumento-, con el fin de aprehenderla mentalmente todo el tiempo que sea necesario hasta llegar a la comprensión del espíritu expresivo, estético y dramático de ella, de acuerdo a los objetivos del compositor, teniendo fundamental importancia el movimiento indicado -para que se entienda, la velocidad del pulso en un “Minuet” como el “Sol M” o el “Sol m” del “Libro de Ana Magdalena Bach”, no es el de una tarantela, como frecuentemente se escucha inclusive hasta en grabaciones internacionales-.”
“La labor más difícil y que debiera ser el objetivo de cada intérprete, si bien no es frecuente alcanzar, es el logro de la desmaterialización de la obra de arte musical mientras se está ejecutando, a fin de fusionarse con la audiencia en la codificación del mensaje artístico a través de las emociones y lo estético, transportando las energías tanto del autor como el de su intérprete al público interesado que, conmovido por esa magia, debería vivenciar experiencias únicas e irremplazables. Cuando esta condición no se da, el concierto ha fracasado”.

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